domingo, 15 de enero de 2017

Nueva sociedad


Desperté sobresaltado. Me levanté de un salto de la cama. Fui a la ventana y corrí los cerrojos de los postigos para abrirla. La habitación quedó iluminada por la luz solar. Contemplé a las distantes montañas, que se elevaban por encima de las casas blancas y los tejados rojizos. Aún había algo de niebla en los bosques de las montañas.
Tomé una buena bocanada de aire fresco mientras me inclinaba sobre el alféizar. Ya se empezaban a oír los tambores, pronto pasaría por la calle principal el desfile de primavera. Me volví, en dirección a la puerta de la habitación.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Paciente amnésico



         Este hombre llevaba bastante tiempo en el hospital psiquiátrico. Había sido declarado demente tras un juicio sobre unos macabros asesinatos, de los cuales él era el principal sospechoso.
         —¿Cómo te encuentras hoy? —le pregunté mientras me sentaba.
         —No puedo quejarme —contestó con sarcasmo.
         Esbocé una sonrisa.
         —Me gustaría hacerte unas preguntas…
         —¿Por qué estás aquí? —me interrumpió.
         —Para ayudarte en tu recuperación —respondí amablemente. Esperaba que hoy no le diera uno de sus ataques de histeria. Ambos llevábamos vendas en los brazos del incidente de hace tres días.
         —Y, ¿si no quiero? —Se llevó las manos a la cabeza, cerca de su fea cicatriz—. Y, ¿si yo era una mala persona antes de llegar aquí?  ¿No cree que es mejor olvidar quién era y seguir adelante?
         —Es una idea interesante—señalé.
         —¿Sabe, mi querido doctor, que esta noche los he vuelto a ver?
         Guardé silencio. Quería que siguiera hablando. Desvié la mirada al espejo, tras el cual se grababa nuestra conversación.
         —Pero, esta vez fue distinto —continuó—. Antes se quedaban en un rincón, observándome. Anoche, se me acercaron. Qué espanto.
         Hizo una pausa. Tomó aire.
         —Pude ver sus rostros desfigurados, sus cuerpos mutilados, la sangre…
         —Veo que empiezas a recordar…
        —El horror que perpetramos —me interrumpió bruscamente, dirigiéndome una mirada de odio.
         —¿Qué? —pregunté sorprendido.
         —¡Oh, vamos! —exclamó—. ¿Por qué crees que nos hemos ocultado aquí durante todo este tiempo?
         —¿Hemos?
       —Mi querido doctor —respondió con una amplia sonrisa—, los muertos me… nos han devuelto la memoria. ¡Tú y yo somos uno!
Estupefacto, me llevé la temblorosa mano a la cabeza. Toqué la fea cicatriz mientras soltaba una carcajada al ver sólo mi reflejo en el espejo.

Nota: Con este texto participé en “II Concurso de relatos de terror del Centro Juvenil El Sitio de mi Recreo”. Lo publico aquí para que lo lea quien quiera.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Resultado final: Negativo



       La guerra había reducido a la población a casi un tercio. Aun así, las pocas ciudades que quedaban no podían albergar ni mantener a los supervivientes. Algunos se aventuraron a las “zonas prohibidas”, exponiéndose irremediablemente a la fatal contaminación y radiación.
La única solución factible era el éxodo planetario. Desgraciadamente, el planeta más próximo no era apto para la vida y terraformarlo duraría demasiado. Se rechazó esa idea, en primera instancia. Por lo tanto, el Consejo Supremo vio como alternativa el viaje interestelar. Aun conociendo la existencia de sistemas planetarios extrasolares, se desconocían muchos datos de ellos.
        No obstante, había un sistema a unos cinco años luz de distancia. Tenía una estrella similar a la suya y, si los cálculos nos les fallaban, había al menos ocho planetas de tamaño medio a grande, y otros planetas enanos. El Alto Comisionado Científico concluyó que había que mandar una sonda para investigar y, según los datos que les mandaran, enviar una expedición tripulada. Después, las dos o tres generaciones siguientes trabajarían y se sacrificarían por el futuro de su propia especie.